domingo, 26 de mayo de 2013

En el bus



Subo al autobús ante las miradas curiosas de sus ocupantes. No es raro sentirse observado en un país donde eres distinto y que además se nota bastante, más por las formas y el modo de vestir que por el color de la piel y mi barba ya más que blanca. En realidad me han confundido con alguien árabe o marroquí en más de una ocasión.

Elijo asiento y, casi de inmediato, por el pasillo aparece una mujer joven que soporta en la espalda a su pequeño hijo envuelto en un chal. Siempre me he preguntado que sistema de sujeción usaran para que el niño se mantenga estable y no se caiga. La mujer pide limosna pero no todo el mundo muestra solidaridad. La escena se repetirá otras veces en el mismo u otro transporte, con indigentes diversos, jóvenes o ancianos, con discapacidad o sin ella. Es la gente de más edad quien muestra un mayor grado de solidaridad y eso me parece significativo.

Acabo de dejar la bicicleta en el maletero del autobús. En Marruecos puedes transportarla con facilidad aunque generalmente el precio por ella nunca te lo dicen, depende, ¿de qué depende? te preguntas, ¡ah!, pues vete a saber. Es el conductor o el ayudante quienes cobran a su libre albedrío después de echarme un vistazo a mí y luego a la bicicleta.

Antes de llegar a la estación he sido literalmente asaltado por unos cuantos captadores de viajeros. Unos llevan una placa y son empleados  "oficiales", y los otros, cualquier persona que busca una comisión. Lo cierto es que sin duda te facilitan las cosas por una pequeña recompensa en metálico.

Sigo en mi asiento, hace calor y tardamos en partir. La hora fijada no se cumple. Uno de los empleados a voz en grito anuncia la salida del bus cantando el destino. Y la espera continua sin que sea capaz de determinar los motivos concretos. Supongo que quieren partir con el máximo de asientos ocupados. Menos mal que no me espera un avión o cualquier otro motivo donde el horario tuviese su transcendencia. Espero pacientemente, no me queda otro remedio.

Mis compañeros de viaje son gente sencilla, como suele corresponder a las personas que viven de la agricultura o la ganadería. Viajamos por zonas rurales, generalmente llanas y áridas. A tenor del tipo de vestimenta o aseo personal, me temo que su poder adquisitivo es realmente bajo.

Arrancamos por fin. Sigue el insoportable calor  y no hay aire acondicionado. La puerta delantera de bus permanece abierta para que entre aire del exterior, y el portón trasero del bus va levantado para que el motor no se caliente demasiado. Me aseguran una y otra vez que no es normal la temperatura que hace estos día. 

Paradas para recoger más viajeros o dejar otros, muchas paradas. Sube un joven que ofrece goma de mascar y pañuelos de papel.  Y  en otra parada cualquiera, sube un hombre de larga barba que recorre el pasillo dejando a cada persona un pequeñito libro de oración escrito en árabe.  Me mira y no me tiene en cuenta, cosa que me parece mal. Sí me tuvo en cuenta aquel que nos ofreció linimento en pomada. Tenía muy bien estudiado el método y después de una larga parrafada al público viajero, al estilo de los antiguos charlatanes, se gastó un tubo poniendo una ligera cantidad del producto en la muñeca de cada persona  que consintió, así podías apreciar su fuerte olor mentolado y el calor que transmitía al frotarlo sobre la piel. Y además entregaba a otros el prospecto para que lo leyeran.  Este hombre vendió bastante, yo creo  que era lo que llamaríamos un buen comercial y muy avispado. En fin, hasta nueces ya peladas he comprado en el bus, aunque con un alto contenido de morralla en medio del paquete.

Calor, paradas y más paradas.  Lo sorprendente es que se detiene incluso en la autopista. El viajero espera a que lo recojan en el arcén y para ello antes ha tenido que saltar la valla de separación. Desde un punto de vista de la seguridad es absolutamente demencial porque representa un gran peligro para todos, incluyendo a los viajeros del propio autobús. El resto de las paradas serán no solo las programadas en cada población, también lo serán donde el pasajero  avise al cobrador para bajarse o donde haya una persona que levante la mano a la orilla de la carretera. Un servicio "personalizado" que yo imagino solo pasa en determinadas rutas o a criterio de la compañía de transportes o del propio personal al mando. El viaje puede hacerse tedioso así que las prisas no tienen mucho sentido. Mejor tomárselo con calma.

El viaje es largo y hacemos un  alto para comer durante media hora. No hay tienda de comestibles, hay un bar-cafetería y un puesto donde asan carne que previamente has de comprar en un puestecito anexo. Todos saben que hacer y lo hacen, menos yo. Es mucha gente y aunque me apetecería comer de eso no me atrevo a ponerme en la cola porque sé que mi comunicación va a ser mala y retrasaría al personal. Pido un café y me tomo un plátano que llevo en la bolsa mientras observo cómo la gente se acerca al puesto de la carne. Las medidas  higiénicas no me parece que existan porque corderos enteros, aves y otras piezas cuelgan de sendos ganchos al aire libre y con un calor de justicia. Esta imagen es repetitiva en la mayoría de las  carnicería del país; solo vi una en la que la carne estaba envuelta en trozos de plástico transparente, aunque eso si, a la intemperie, al calor, nada de frigorífico.

El bus continúa su camino y no mucho tiempo después entramos en zona de montaña donde las curvas y el movimiento harán estragos entre los viajeros. Las bolsas amarillas vuelan de las manos del cobrador a otras tantas personas que las reclaman. Fue empezar uno a vomitar y como si de un acto solidario se tratara otros deciden acompañarle. Increíble. Afortunadamente soy poco escrupuloso. Pena me dieron los dos ancianos que se encontraban a mi izquierda.
Mareo. Ojos cerrados, bolsa en la mano
Ambos con los ojos cerrados, uno, con la capucha de la chilaba tapando la cabeza y protegiendo los ojos de la luz, como obviando la situación. Pero el autobús sigue con sus movimientos y el hombre se aferra a su bolsa amarilla. Pobre, no abrió los ojos durante el resto del trayecto.

El calor no cesa. En otra parada me desespero por la tardanza en arrancar. Suben al bus dos personas pidiendo limosna, una es una niña pequeñaja, como de seis años, y el otro es un hombre ciego. La mama de la niña esta abajo, en la calle, la está utilizando descaradamente. Saco el monedero y entrego a ambos unas monedas. Es una situación incomoda, y no me refiero a que me molesten físicamente, es la propia situación, la pobreza, la niña, la utilización, la sociedad que no se ocupa de sus gentes más necesitadas. Estamos llegando a destino y seguimos respirando aire caliente. Nunca llegue a entender como algunas personas eran capaces de vestir camisa, jersey y cazadora con aquella temperatura. A mí me bastaba con mi polo de licra de manga corta.

Gente sencilla en un mal autobús
Sube al bus un hombre joven con dos sacos semi-vacíos y sin más, los suelta en el medio del pasillo sin importarle donde caen ni a quien molestan, mira a su alrededor y se sienta. No tarda mucho en aparecer el cobrador para hacer su trabajo y al ver los sacos pregunta por su propietario. El calla, se le ve ausente, y entonces alguien lo señala con su dedo índice. El cobrador se enfada, le grita cosas en árabe y el otro le mira sin decir palabra, ni se inmuta. A este hombre no le va bien la cabeza, se nota palpablemente así que el cobrador desiste y se va. Los sacos quedan donde estaban.

Un niño morenísimo, casi negro, de unos cinco años ocupa uno de los asientos que dejan libre los dos ancianos. Me mira fija y constantemente, muy serio. Debo ser una novedad para él, con mis barbas, ese pantalón corto que da tanto el cante y que deja ver unas piernas peludas... Tiene unos ojos redondos y grandotes. Trato de arrancarle una sonrisa haciendo mil payasadas pero no hay forma. Me da rabia no haber visto su sonrisa.

Llegamos a la estación. Espero a que saquen todo el equipaje y bajo la bicicleta. Me dirijo a la salida y de  inmediato soy asaltado por el buscavidas de turno. A veces no saben a ciencia cierta si vas o vienes, pero si llegas te ofrecen hotel y si viajas te aconsejan el bus que a ellos interesa. Y en la calle esperan los taxistas, erre que erre, ofreciendo sus servicios.

Necesito una ducha así que busco un alojamiento a toda prisa.

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