Subo al autobús ante las miradas curiosas de sus ocupantes. No es
raro sentirse observado en un país donde eres distinto y que además se nota bastante, más por las formas y el modo de vestir que por el color de la
piel y mi barba ya más que blanca. En realidad me han
confundido con alguien árabe o marroquí en más de una ocasión.
Elijo asiento y, casi de inmediato, por el pasillo aparece
una mujer joven que soporta en la espalda a su pequeño hijo envuelto en un chal. Siempre me he preguntado que sistema de sujeción usaran para que el niño se mantenga estable y no se caiga. La mujer pide limosna pero no todo el mundo muestra
solidaridad. La escena se repetirá otras veces en el mismo u otro transporte,
con indigentes diversos, jóvenes o ancianos, con discapacidad o sin ella. Es la
gente de más edad quien muestra un mayor grado de solidaridad y eso me parece
significativo.
Acabo de dejar la bicicleta en el maletero del
autobús. En Marruecos puedes transportarla con facilidad aunque generalmente el
precio por ella nunca te lo dicen, depende, ¿de qué depende? te preguntas,
¡ah!, pues vete a saber. Es el conductor o el ayudante quienes cobran a su
libre albedrío después de echarme un vistazo a mí y luego a la bicicleta.
Antes de llegar a la estación he sido literalmente asaltado
por unos cuantos captadores de viajeros. Unos llevan una placa y son empleados
"oficiales", y los otros, cualquier persona que busca una
comisión. Lo cierto es que sin duda te facilitan las cosas por una pequeña
recompensa en metálico.
Sigo en mi asiento, hace calor y tardamos en partir. La hora fijada no
se cumple. Uno de los empleados a voz en grito anuncia la salida del bus
cantando el destino. Y la espera continua sin que sea capaz de determinar los
motivos concretos. Supongo que quieren partir con el máximo de asientos
ocupados. Menos mal que no me espera un avión o cualquier otro motivo donde el
horario tuviese su transcendencia. Espero pacientemente, no me queda otro remedio.
Arrancamos por fin. Sigue el insoportable calor y no hay aire
acondicionado. La puerta delantera de bus permanece abierta para que entre aire
del exterior, y el portón trasero del bus va levantado para que el motor no se
caliente demasiado. Me aseguran una y otra vez que no es normal la temperatura que
hace estos día.
Paradas para recoger más viajeros o dejar otros, muchas
paradas. Sube un joven que ofrece goma de mascar y pañuelos de papel. Y
en otra parada cualquiera, sube un hombre de larga barba que recorre el
pasillo dejando a cada persona un pequeñito libro de oración escrito en árabe.
Me mira y no me tiene en cuenta, cosa que me parece mal. Sí me tuvo en cuenta aquel que nos ofreció linimento en pomada. Tenía muy
bien estudiado el método y después de una larga parrafada al público viajero,
al estilo de los antiguos charlatanes, se gastó un tubo poniendo
una ligera cantidad del producto en la muñeca de cada persona que consintió, así
podías apreciar su fuerte olor mentolado y el calor que transmitía al frotarlo
sobre la piel. Y además entregaba a otros el prospecto para que lo leyeran.
Este hombre vendió bastante, yo creo que era lo que llamaríamos un
buen comercial y muy avispado. En fin, hasta nueces ya peladas he comprado en
el bus, aunque con un alto contenido de morralla en medio del paquete.
Calor, paradas y más paradas. Lo sorprendente es que
se detiene incluso en la autopista. El viajero espera a que lo recojan en el
arcén y para ello antes ha tenido que saltar la valla de separación. Desde un punto de vista de la seguridad es
absolutamente demencial porque representa un gran peligro para todos, incluyendo a los viajeros del
propio autobús. El resto de las paradas serán no solo las programadas en cada
población, también lo serán donde el pasajero avise al cobrador para
bajarse o donde haya una persona que levante la mano a la orilla de la
carretera. Un servicio "personalizado" que yo imagino solo pasa en
determinadas rutas o a criterio de la compañía de transportes o del propio
personal al mando. El viaje puede hacerse tedioso así que las prisas no
tienen mucho sentido. Mejor tomárselo con calma.
El viaje es largo y
hacemos un alto para comer durante media hora. No hay tienda de
comestibles, hay un bar-cafetería y un puesto donde asan carne que previamente
has de comprar en un puestecito anexo. Todos saben que hacer y lo hacen, menos
yo. Es mucha gente y aunque me apetecería comer de eso no me atrevo a ponerme
en la cola porque sé que mi comunicación va a ser mala y retrasaría al
personal. Pido un café y me tomo un plátano que llevo en la bolsa mientras
observo cómo la gente se acerca al puesto de la carne. Las medidas
higiénicas no me parece que existan porque corderos enteros, aves y otras piezas cuelgan de sendos ganchos al aire libre y con un
calor de justicia. Esta imagen es repetitiva en la mayoría de las
carnicería del país; solo vi una en la que la carne estaba envuelta en trozos
de plástico transparente, aunque eso si, a la intemperie, al calor, nada de
frigorífico.
El bus continúa su camino
y no mucho tiempo después entramos en zona de montaña donde las curvas y el
movimiento harán estragos entre los viajeros. Las bolsas amarillas vuelan de
las manos del cobrador a otras tantas personas que las reclaman. Fue empezar
uno a vomitar y como si de un acto solidario se tratara otros deciden
acompañarle. Increíble. Afortunadamente soy poco escrupuloso. Pena me dieron los
dos ancianos que se encontraban a mi izquierda.
| Mareo. Ojos cerrados, bolsa en la mano |
El calor no cesa. En otra parada me desespero por la tardanza en arrancar. Suben
al bus dos personas pidiendo limosna, una es una niña pequeñaja, como de seis
años, y el otro es un hombre ciego. La mama de la niña esta abajo, en la calle,
la está utilizando descaradamente. Saco el monedero y entrego a ambos unas
monedas. Es una situación incomoda, y no me refiero a que me molesten
físicamente, es la propia situación, la pobreza, la niña, la utilización, la
sociedad que no se ocupa de sus gentes más necesitadas. Estamos llegando a destino y seguimos respirando aire caliente.
Nunca llegue a entender como algunas personas eran capaces de vestir camisa, jersey
y cazadora con aquella temperatura. A mí me bastaba con mi polo de licra de manga corta.
| Gente sencilla en un mal autobús |
Un niño morenísimo, casi negro, de unos cinco años ocupa uno
de los asientos que dejan libre los dos ancianos. Me mira fija y constantemente, muy serio.
Debo ser una novedad para él, con mis barbas, ese pantalón corto que
da tanto el cante y que deja ver unas piernas peludas... Tiene unos ojos redondos y
grandotes. Trato de arrancarle una sonrisa haciendo mil payasadas pero no hay
forma. Me da rabia no haber visto su sonrisa.
Llegamos a la estación. Espero a que saquen todo el equipaje
y bajo la bicicleta. Me dirijo a la salida y de inmediato soy asaltado
por el buscavidas de turno. A veces no saben a ciencia cierta si vas o vienes,
pero si llegas te ofrecen hotel y si viajas te aconsejan el bus que a ellos
interesa. Y en la calle esperan los taxistas, erre que erre, ofreciendo sus
servicios.
Necesito una ducha así que busco un alojamiento a toda prisa.
Necesito una ducha así que busco un alojamiento a toda prisa.
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